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20.ª CineBH – No caber en el mundo en Bicho de Sete Cabeças y Mate-me Por Favor

10 oct
6 min de lectura

Actualizado: 13 oct

Por Taís Palinski | Críticas


Texto escrito en la cobertura colaborativa que la plataforma Sara y Rosa realiza para la 20.ª CineBH, con revisión y edición de Juliana Gusman y Nayara Aguiar.


Foto: Prensa CineBH
Foto: Prensa CineBH

La vigésima edición de CineBH, guiada por la pregunta «¿Qué será?», nos invita a reflexionar sobre las angustias del presente en un contexto latinoamericano marcado por el conservadurismo y la revocación de derechos. Al pensar el futuro, nada más simbólico que reverenciar el pasado y comprender cómo llegamos hasta aquí; en este sentido, la Muestra Retrospectiva crea un ejercicio de memoria con títulos que marcaron los veinte años del festival. Entre la selección están Bicho de Sete Cabeças (2001), de Laís Bodanzky, y Mate-me Por Favor (2015), de Anita Rocha da Silveira, ambos largometrajes debut de las directoras.


Separadas por una brecha de quince años, las dos obras articulan propuestas estéticas e históricas distintas: mientras Bicho de Sete Cabeças se inserta en el cine de la Retomada y en la denuncia antimanicomial, Mate-me Por Favor explora el cine de género y los códigos del terror. Aun así, ambas películas convergen en el retrato brutal de la juventud desamparada, aunque exista una diferencia crucial de clase social y de género que dibuja la arquitectura de violencia de cada narrativa. Mientras la obra de 2001 retrata el encierro de un joven blanco de clase media baja por el aparato psiquiátrico público y familiar, la obra de 2015 expone el feminicidio y el desamparo familiar vivido por adolescentes de clase media de la Barra da Tijuca.


Una rígida socialización de género moldea cómo se manifiestan la rabia y la desobediencia en la juventud, y también cómo reacciona la sociedad ante ellas, de forma antagónica según el cuerpo que las expresa. En Bicho de Sete Cabeças, Neto (Rodrigo Santoro) encarna la negativa de un joven a someterse a la autoridad de su padre, Wilson (Othon Bastos), y al modelo de masculinidad centrado en la disciplina y la productividad. En el ambiente familiar, Neto vive un desamparo comunicativo. Cualquier rasgo de singularidad es podado y tratado como afrenta. Esa opresión se manifiesta claramente en la escena del arete, en la que el padre lo ataca con insultos homofóbicos por usar el accesorio, lo que lo lleva a salir corriendo de casa. Al verse continuamente injusticiado, Neto transforma su rabia en combustible. La escritura de la nota al padre —gesto que inaugura y marca el tono de la narrativa de la película— expone la urgencia de ser escuchado: «¡Ahora vas a escucharme, te estoy mostrando la puerta de la calle para que salgas sin que yo te golpee!».


Sin embargo, en una estructura capitalista pautada por la utilidad y la productividad, la rabia y el desencaje del joven que se desvía de la regla no encuentran acogida: su insubordinación es categorizada como rebeldía y castigada con el encierro manicomial. Esa coerción es posibilitada por el arreglo familiar tradicional, en el que la figura materna de Meire (Cássia Kiss) es mantenida en silencio y subyugada, incapaz de intervenir en las decisiones del marido. Por otro lado, en Mate-me Por Favor, cuando las adolescentes expresan rabia, libido o autonomía, la cultura conservadora y religiosa las rotula como seres pecaminosos que necesitan contención moral. Ante la falta de espacio para la expresión verbal de la angustia, la rabia femenina en Bia (Valentina Herszage) se somatiza y se canaliza en el propio cuerpo de manera física y sensorial, ya sea en la agresividad durante el partido de balonmano, en los afectos violentos con el novio Pedro o en el gesto de tocar los labios ensangrentados de la joven asesinada en el terreno baldío.


Más allá de las dinámicas de género, los medios de castigo aplicados a los jóvenes están rigurosamente determinados por su posición en la jerarquía socioeconómica. Para la familia de Neto, se espera que el hijo cumpla, sin cuestionar, la cartilla del joven obediente, disciplinado y trabajador. Cuando el padre descubre un cigarrillo de marihuana en la mochila del hijo, recurre de inmediato a la internación forzada en una institución psiquiátrica, sin que hubiera ningún diálogo. La violencia sufrida por Neto es física, psicológica y, sobre todo, deja al descubierto violaciones sistemáticas de derechos humanos y abuso institucional, revelando cómo la disidencia de la juventud trabajadora es tratada por la vía de la coerción pública y del encarcelamiento masivo. En cambio, en Mate-me Por Favor, la narrativa transcurre en el escenario de clase media-alta de la Barra da Tijuca, caracterizado por condominios, colegios privados e iglesias neopentecostales. En ese ambiente de abundancia material, la coerción ocurre por la omisión afectiva familiar y por el completo vacío del universo adulto, haciendo que el pavor del feminicidio y la fascinación por las chicas asesinadas funcionen como los únicos catalizadores de sentimiento para jóvenes confinadas en sus propias burbujas.


Esos marcadores sociales se reflejan directamente en la forma en que los protagonistas viven el espacio urbano y la búsqueda de pertenencia. En la Barra da Tijuca, la calle y los grandes terrenos baldíos surgen como lugares inhóspitos y peligrosos. Sin embargo, aun conscientes de la presencia de un asesino en serie y del riesgo diario de feminicidio, Bia y su grupo de amigas insisten en caminar y explorar los vacíos de la ciudad. Para las adolescentes, salir de casa y ocupar la calle no es un mero acto de descuido, sino un deseo visceral de conquistar el espacio, afirmar la propia existencia y pertenecer al mundo. En contraste, para Neto, la dinámica urbana sufre una ruptura traumática: si al principio la calle era su válvula de escape y el único lugar donde podía pintar grafitis, encontrarse con los amigos y ejercer su libertad frente al microcosmos autoritario del padre, el encierro manicomial destruye esa posibilidad. Al salir de la internación destruido psicológicamente, Neto comprende que la vida en sociedad no lo aceptará y que el «afuera» le fue definitivamente vedado.


El intervalo de quince años entre las dos producciones evidencia también la transformación de los medios de comunicación y la creciente espectacularización del dolor. En Bicho de Sete Cabeças, ubicada a comienzos de los años 2000, un profesor interroga a los alumnos en el aula sobre la llegada de internet y el ritmo de circulación de la información, momento en que la expresión de la rebeldía juvenil aún exigía la presencia física. En cambio, en Mate-me Por Favor, la hiperconexión está totalmente asimilada a lo cotidiano adolescente. Los smartphones surgen como una «segunda arma» desenfundada por una sociedad desensibilizada para capturar, publicar y transformar cuerpos violentados en motivo de interacción y visualizaciones en las redes sociales, convirtiendo el sufrimiento ajeno en espectáculo instantáneo.


La comparación entre las dos obras evidencia cómo el cine brasileño construye distintos retratos del desamparo juvenil. Esa tensión toma forma en el modo en que habitan la ciudad: mientras la exploración de las calles por Bia y sus amigas es una insistencia en pertenecer y conquistar el mundo, para Neto, la violencia del hospital psiquiátrico anula la calle como válvula de escape y refugio. Ya sea en el aislamiento del hospital o en la burbuja de la Barra, ambas películas reafirman que la sociedad reprime a quienes rechazan la cartilla de la norma establecida. Si la violencia estructural busca contener y domesticar a la juventud, es en la transgresión donde Bicho de Sete Cabeças y Mate-me Por Favor encuentran la fuerza de sus narrativas.


La insubordinación de Neto — expresada en el grafiti, en el consumo de marihuana y en el rechazo a la disciplina — cobra un precio trágico: el hospital psiquiátrico intenta aniquilar su subjetividad, pero la dirección de Bodanzky transforma su sufrimiento en una denuncia sobre la brutalidad del sistema manicomial. En cambio, en el cine de género de Anita, la transgresión de Bia opera por la visceralidad del cuerpo, del deseo y del exceso. Al buscar el peligro en los terrenos baldíos, Bia y sus amigas rechazan el lugar de víctimas pasivas y hacen de la sangre y del afecto violento la afirmación de su propia presencia. Así, si Neto evidencia los límites dolorosos de transgredir en una sociedad punitiva, Bia demuestra que, incluso en medio del pavor, la búsqueda del deseo y de la experiencia corporal permanece como el último e irrenunciable territorio de resistencia.


Referencias:


CAVASSANI, Maria Fernanda; SILVA, Miriam Cristina Carlos. O FEMININO NO FILME BICHO DE SETE CABEÇAS, DE LAÍS BODANZKY. Revista Trama, v. 12, n. 2, 2021.


STRZYKALSKI, N. . Bicho de sete cabeças: 'infelizes, esquecidos, malditos inúteis'. Porto Alegre: Bestiário, 2014 (Artigo).


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