Paz Encina: amar el cine, sentir el tiempo
Por María José Merino | Ensayos

El espacio que le da la 20ª Muestra Internacional de Cine de Belo Horizonte a la obra de Paz Encina es más que un homenaje a una artista: se trata de un reconocimiento al valor de aquel cine latinoamericano que nos permite habitar el tiempo. Lo digo así, pronto, sin mucha más introducción posible, porque si bien la reflexión sobre lo que significa el tiempo es la espina dorsal del quehacer cinematográfico, no es común encontrar en el mar contemporáneo de grabaciones, un respeto tan definitivo a lo que esto significa en la gran pantalla.
Y es que podemos acordar que Paz Encina es un pilar fundamental del cine paraguayo y de la región, habiendo colocado un conjunto de obras diversas en forma, en multitud de festivales y espacios dedicados a la cultura alrededor del mundo. Pero hay algo singular, y maravillosamente grande, en ese “diálogo histórico” que atraviesa su carrera.
Desde formatos cortos de video experimental hasta el largometrajes, Encina hace de la imagen y del sonido una materia palpable, capaz de desafiar el carácter efímero que suele tener un plano. En sus películas, la materia se moldea con el tiempo, con la espera, con la quietud. Poniendo sus manos sobre el trabajo del tiempo hace que las imágenes no sean aquello que hay que atravesar para llegar a otra cosa, sino lo que sostiene el tiempo mismo. La imagen, en el cine de Encina, se resiste al desvanecimiento.
Más allá de ser una inmensa representante de aquello que Tarkovski llamó “esculpir en el tiempo”, la obra de Paz Encina nos acompaña en un proceso que resulta insustituible para las audiencias latinoamericanas: revisar con cuidado nuestra historia. Tomar nuestros tiempos pasados con las manos, revolverlos, detenerlos, agrietarlos, deconstruirlos; mirarlos hasta que nos abran las heridas y ahí, detenernos. Inmóviles ante las rupturas del ayer, podemos sentir cómo nos atraviesa la energía vital del presente y, con ella, la posibilidad de muchos otros futuros.
Así lo pone en palabras la directora al hablar de su Paraguay natal: “Somos un país de mucha tragedia, solamente podemos esperar algo mejor… es lo que hacemos, esperamos”.
Hamaca paraguaya (2006), su primer largometraje, elogia aquella espera en la que habitan, a partes iguales, la esperanza y el desconsuelo. Detenidas también nosotras como espectadoras ante un plano que parece único e infinito, el de una pareja que conversa en una hamaca en medio del bosque, escuchamos sus voces como quien escucha un cuento: el de la pérdida de un hijo que ha partido a luchar en el frente de la Guerra del Chaco. El hijo ausente es semejante a la lluvia, anunciada en la construcción misma de la atmósfera del filme: una imagen oscurecida por las nubes, atravesada por truenos que permanecen fuera de campo. Él está seguro de que la tormenta llegará. Ella, en cambio, responde: “Serás labrador, pero yo soy madre. La esperanza se pierde”.
El éxito que esta ópera prima alcanzó lo entiendo también como una distinción a la muestra del profundo amor que la directora tiene por las posibilidades del cine. Encina toca la imagen como materia, en 35 mm, pero también explora todo aquello que el cine puede hacer aparecer sin mostrarlo. Aprovecha el plano y su atmósfera para expandir las posibilidades de la imaginación que trae consigo el fuera de campo. No vemos la guerra pero la imaginamos, la sentimos precisamente a través de su ausencia.
Y nos detenemos, una vez más, ante un plano constante que enaltece la pausa y nos permite percibir el tiempo. “El ritmo no está determinado por la longitud de las secuencias, sino por la presión del tiempo que transcurre en ellas”, escribe Tarkovski en Esculpir en el tiempo. Frente al frenetismo del montaje dominante, Encina nos entrega la generosidad de la permanencia de la imagen. Una permanencia que, lejos de construir una inmovilidad dogmática, nos hace sentir el transcurso del tiempo: en la piel, en la vibración del sonido, en la presión misma de contradecir la obligación del corte.
Hay algo fantásticamente paradójico en esta constancia. Desde mi perspectiva, al permanecer ante una imagen del pasado, Encina nos propone imaginar las posibilidades del cambio. Y ahí aparece una postura política: si la imagen del pasado, de la ausencia, de la herida, permanece, ¿cómo devolverle, a través de nuestra imaginación, la posibilidad de convertirse en otra cosa? ¿Cómo hacer que aquello que permanece pueda también transformarse en algo más justo?
Ejercicios de memoria (2016) convoca de frente esas posibilidades. Al colocar la palabra “ejercicio” como una forma de prueba, de práctica empírica, Paz Encina ensaya una manera de articular los Archivos del Terror de la dictadura de Alfredo Stroessner en Paraguay y nos invita a recorrer un camino extraoficial hacia la memoria. Testimonios, fotografías y documentos que evidencian la monstruosa maquinaria de la tortura, la persecución y las desapariciones se sostienen en el tiempo: a veces en silencio, a veces acompañados por texturas plásticas o sonoras.
Un montaje cercano a lo experimental moldea el archivo y la imagen filmada desde una intimidad que sólo puede gestarse desde la memoria individual: la de la propia directora, que vivió la dictadura en el cuerpo siendo además hija de un perseguido político. El archivo deja entonces de ser una prueba del pasado para convertirse en una materia viva, susceptible de ser tocada, intervenida y vuelta a mirar.
¿Qué construimos a partir del archivo del horror? ¿Qué hacemos con las heridas cuando el tiempo no consigue borrarlas? Encina parece proponernos una respuesta que insiste en esas preguntas, e imagina, desde ahí, otro paisaje posible.
Nos queda el cine.
Y con el cine recordar, insistir, permanecer, detenernos, reconstruir.
Reconstruir con el cine: una idea que, por último, tendremos la oportunidad de explorar en el marco de este homenaje con el más reciente largometraje de la directora, Carta a un Viejo Máster (2024). Un homenaje dentro de otro, para coronar el recorrido de una amante del cine y del tiempo. Esta vez, a Eduardo Coutinho, quien también esculpió otro cine con la materia de su presente.
En esta búsqueda afectiva, más de veinte años después, del contraplano de Edificio Máster (2002), documental que transformó las formas de pensar y articular el género para muches cineastas del sur global, Encina nos propone volver a suspendernos ante planos estáticos y ante la posibilidad infinita y maravillosa del fuera de campo. Frente a una película, recordamos otra película. Habitamos el pasado desde el presente. Atravesamos el tiempo como si fuéramos, nosotras mismas y las imágenes, un colectivo de fantasmas.
Quizás ahí reside una de las mayores potencias del cine de Paz Encina: en recordarnos que permanecer y avanzar no son movimientos opuestos. Que una imagen puede quedarse quieta, muy quieta, y sin embargo, llevarnos lejos. Que podemos habitar el pasado sin dejar de imaginar el futuro.
¿Cómo puede ser que permanezcamos y nos movamos al mismo tiempo?
Quizás esa sea una de las magias del cine.
Amar el cine. Sentir el tiempo.
Bibliografía:
de Branco, C. (2015). Tejiendo memoria a través del cine, una entrevista a Paz Encina. Imagofagia (11). https://imagofagia.asaeca.org/index.php/imagofagia/article/view/458
Tarkovsky, A. (1987). Sculpting in time: Reflections on the cinema



![A partir da exibição de "Virtuosas" na 20ª CineBH, em novo texto do site, Nayara Aguiar destrincha como a diretora Cíntia Domit Bittar articula as mecânicas do fundamentalismo religioso no Brasil contemporâneo.
Ao articular a lógica de mercado da fé e a vigilância moral exercida entre as próprias mulheres, o texto investiga as raízes dessa violência e a escolha da linguagem do terror:
"É no pathos específico das políticas afetivas deturpadas do fundamentalismo religioso que nasce um moralismo pungente e, desse moralismo, uma violência [...] fria na engrenagem que a arquiteta, quente nas mãos que as executam — um terror naturalista, afinal, onde mais se travaria um filme do gênero senão em Santa Catarina?”
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Tras la proyección de "Virtuosas" en la 20ª Muestra CineBH, Nayara Aguiar diseca en el nuevo artículo en el site cómo la directora Cíntia Domit Bittar articula la mecánica del fundamentalismo religioso en el Brasil contemporáneo.
Al vincular la lógica mercantil de la fe con la vigilancia moral ejercida sobre las propias mujeres, el texto investiga las raíces de esta violencia y la elección del lenguaje del terror:
"Es en el pathos específico de las políticas afectivas deturpadas del fundamentalismo religioso donde nace un moralismo punzante y, de ese moralismo, una violencia que la película de Cíntia Domit Bittar transforma en propuesta: fría en el engranaje que la arquitecta, cálida en la mano que la ejecuta — un terror naturalista, al fin y al cabo, ¿dónde más se libraría una película del género sino en Santa Catarina?"
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![No novo ensaio publicado em nosso site, escrito sob o calor da exibição de Vámonos, Bárbara (1978) no Cineclube Ibero-americano Permanente, nesta quarta-feira, dia 17 de junho, Juliana Gusman destrincha como a cineasta espanhola Cecilia Bartolomé tensiona o texto matriz de Martin Scorsese (Alice Não Mora Mais Aqui) através de um exercício de distanciamento formal e discursivo.
Longe de se curvar às estéticas do norte global, o texto de Juliana reafirma a posição do filme na cartografia ibero-americana, costurando cumplicidades com o cinema de ruptura feito por mulheres aqui:
“Talvez Vamos, Bárbara se achegue mais, na verdade, de nosso próprio road movie feminista inaugural, Mar de Rosas (1977), de Ana Carolina. [...] a Betinha de Cristina Pereira compartilha certas inadequações incendiárias com a Bárbara de Cristina Alvarez – para além da cabalística coincidencia no nome de suas intérpretes.”
Leia mais sobre a diretora e sua obra no ensaio de @juliana.gusman, escrito para o 3º encontro do Cineclube Ibero-americano Permanente, uma parceria entre Sara y Rosa, Cine Humberto Mauro do @palaciodasartes_ e Instituto Cervantes de BH.
🔗 Leia o ensaio completo em sarayrosa.com
#SaraYRosa #CeciliaBartolome #CinemaFeminista #CríticaFeminista
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En un nuevo ensayo escrito a raíz de la proyección de Vámonos, Bárbara (1978) en el Cineclub Iberoamericano Permanente, Juliana Gusman analiza cómo la cineasta española Cecilia Bartolomé desafía el material de origen de "Alice Doesn’t Live Here Anymore" (de Martin Scorsese) mediante un ejercicio de distanciamiento formal y discursivo, y reafirma el lugar de la película en el panorama de cine iberoamericano, estableciendo vínculos con el cine pionero de mujeres aqui:
"Quizás Vamos, Bárbara acercase, de hecho, a nuestro propio roadmovie feminista inaugural "Mar de Rosas"(1977), de Ana Carolina. Felicidade, el personaje poco convencional de Norma Bengell, es más sombría que Ana y su destino, menos próspero, pero la Betinha de Cristina Pereira comparte ciertas deficiencias incendiarias con la Bárbara de Cristina Álvarez, más allá de la coincidencia cabalística en los nombres de sus intérpretes."
🔗 Lee el texto en sarayrosa.com](https://scontent-den2-1.cdninstagram.com/v/t51.82787-15/726575221_17917835919390781_4399166472106971886_n.jpg?stp=dst-jpg_e35_tt6&_nc_cat=110&ccb=7-5&_nc_sid=18de74&efg=eyJlZmdfdGFnIjoiQ0FST1VTRUxfSVRFTS5iZXN0X2ltYWdlX3VybGdlbi5DMyJ9&_nc_ohc=nyyl-Ut4qPUQ7kNvwEpyxEG&_nc_oc=AdrR7dFhiBGHt7G4sHA7Fnn07q-o2m4f1sGpcmYmOSgtW4O25lZiOnZUFI6OrQhbNHM&_nc_zt=23&_nc_ht=scontent-den2-1.cdninstagram.com&edm=ANo9K5cEAAAA&_nc_gid=9oWDTtR25O-cv4ilL5cX_g&_nc_tpa=Q5bMBQJfP2Zwr_3FLvZIN7U3vdz764lyaga4sRD_vzqutamjeuR0K3DOKpIkqZD9LbaCbRF1NPaMxah_&oh=00_AQPxxm9WHttBP3BbhikPfBvOyxZqXdhHEORik6p5TPuLyw&oe=6AC63EFF)



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