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CineBH 19: Punku y la amarga fantasía de la realidad

  • Foto del escritor: Gi Moraes
    Gi Moraes
  • 14 nov
  • 3 Min. de lectura

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Por Gi Moraes | Reseñas


Este texto es una colaboración especial entre la plataforma Sara y Rosa y el cineclub Guy-Blaché para la cobertura del 19º CineBH.


Punku es el umbral entre lo real y lo fantástico, donde la brutalidad de la vida se entrecruza con los sueños de dos jóvenes, haciéndolos tan palpables como inalcanzables. El realismo mágico en el cine latinoamericano siempre me ha interesado y cautivado. El poder de transformar narrativas cotidianas, a menudo dolorosas, en algo extraordinario o maravilloso es lo mejor del subgénero fantástico latinoamericano. La película inaugural del 19º CineBH, El agente secreto , de Kleber Mendonça Filho, juega con estos registros y marcó la pauta para muchas de las películas que elegí ver durante el festival.


Punku , que formó parte de la Muestra de Territorios, el programa competitivo del evento, me hizo repasar sus detalles una y otra vez. La película de Juan Daniel Fernández Molero fusiona, a su manera, la realidad y la fantasía de los pueblos indígenas peruanos. La protagonista, Meshia, pertenece a una comunidad del pueblo Machiguenga, del interior de la Amazonía peruana, y su vida da un giro cuando, durante una excursión con los niños del pueblo, encuentra a Iván, un niño tuerto que había desaparecido años atrás. Meshia decide ayudarlo a regresar a casa para que pueda curarse. Con este gesto, descubre un mundo nuevo y nuevas posibilidades de vida. En busca de su sueño de ser actriz y ganar el certamen de Miss Sirena, la joven, que trabaja en un restaurante de conocidos de la familia, se convierte en una especie de hermana mayor y amiga de Iván.


Meshia e Iván se enfrentan a sus miedos y libran sus batallas. Iván lidia con los problemas del mundo onírico, la mente y su conexión con los seres sagrados y profanos del bosque. Meshia, por otro lado, se enfrenta a los peligros concretos de ser una joven en el mundo. Tras vivir en silencio después del trauma, Iván experimenta una sensación de desarraigo al regresar a su tierra natal después de años perdido. Incluso intenta integrarse con los amigos de Meshia, pero la presión por complacer a los demás hace que la incomodidad sea palpable. Todo lo que ha vivido, que lo ha transformado en un ser tan inmerso en lo fantástico que aún lo teme, le impide relacionarse con adolescentes de su edad. Meshia, a su vez, comienza a lidiar con las miradas ajenas, con el miedo a caminar sola de noche, y busca, a través de su expresión y su participación en el concurso, una manera de conectar con quienes la rodean. Al fin y al cabo, al abrirse al mundo, los sueños de Meshia se entrelazan con los deseos de los demás.


El certamen de Miss Sirena, en el que participa, está organizado por hombres mayores que eligen a la más bella de la ciudad. Durante los ensayos, las jóvenes son constantemente observadas por estos hombres, quienes les instruyen para que provoquen esa mirada de placer masculino. Mediante el juego de ángulos de cámara y los reflejos de las jóvenes, que ensayan la coreografía frente a un espejo, la película revela de forma crítica las miradas furtivas y dominantes de los hombres.


Johan Carrasco es el director de fotografía de la película, un espectáculo en sí mismo. Complementa la narrativa experimental del director, alternando imágenes analógicas y digitales con vídeos de TikTok grabados por la actriz Maritza Kategari, quien interpreta a Meshia. Más allá de esta libertad que brindan los distintos tipos de material, se aprecia el uso de un filtro blanco y negro que atenúa ciertas tomas, provocando interpretaciones y misterios, como cuando Meshia ve su reflejo en el río al regresar a la ciudad, en una contemplación mutua que revela la opacidad de una transformación no del todo comprendida. La dinámica cinematografía se entrelaza con el guion, potenciando su capacidad para exponer las distintas capas del desarrollo de los personajes.


Meshia, en particular, está desarrollada con delicadeza y sensibilidad. Es muy cercana y entrañable, algo que fue posible gracias al tiempo que Juan, quien también escribió el guion, dedicó a profundizar en su personaje, perfeccionando así su escritura. Durante una conversación con el director tras la proyección, este relató cómo pasó años entrevistando a jóvenes de Quillabamba, ciudad donde se ambienta la película, para poder comprenderlos a fondo y representarlos de la mejor manera posible.


Punku destaca por incorporar la fantasía al cine basándose en las creencias de los pueblos indígenas, mostrando no solo cómo forma parte de la construcción del realismo mágico latinoamericano, sino también de la vida popular cotidiana. La obra rescata narrativas aún poco exploradas y crea un portal a culturas que, desde Brasil, todavía desconocemos. Molero nos invita a repensar los discursos eurocéntricos y nos reta a descolonizar los imaginarios.


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