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Las Amantes del Señor de la Noche: el sabbat subversivo y atrevido de Isela Vega

  • hace 6 días
  • 14 Min. de lectura

Por Gabriela Müller Larocca | Ensayos


Desde sus inicios, la bruja ha sido una figura central en el cine. Desde la película muda sueco-danesa de 1922, Häxan – Witchcraft Through the Ages , hasta producciones más recientes, como la famosa The Witch (2015), esta figura mitológica ha poblado los medios audiovisuales durante décadas, prueba de una continua fascinación colectiva por ella. Si bien algunas películas retratan a las brujas desde una perspectiva más comprensiva e incluso cómica, en la gran mayoría de los casos son la personificación de un arquetipo poderoso y ancestral que ha persistido en nuestra cultura durante siglos: el de la mujer malvada.

 

En cierto modo, la bruja cinematográfica se inserta en una larga y compleja tradición cultural de maldad femenina que, sustentada en argumentos religiosos, filosóficos y científicos, ha desarrollado una representación de la mujer como un ser diabólico y malévolo. La bruja, personaje surgido en la Edad Moderna a partir de tratados y la imaginación de hombres de élite, se ha convertido en la representación más perdurable y tangible de este mal, que, impregnado de cuestiones de género y sexualidad, ha afectado la vida de mujeres reales que sufrieron las persecuciones conocidas como cazas de brujas. Muchas películas sobre brujas malvadas encuentran sus raíces en este mismo discurso antifemenino popularizado por la represión en la Modernidad, reforzando —consciente o inconscientemente— estereotipos y narrativas negativas que asocian a las mujeres con conceptos negativos.


Al hablar de brujas en el cine y la televisión, es muy común centrarse en producciones de Estados Unidos y Europa, que ofrecen perspectivas específicas sobre este personaje femenino. Estas películas —dirigidas mayoritariamente por hombres blancos, heterosexuales y cisgénero— narran historias alineadas con el imaginario colectivo en torno a la caza de brujas en Europa o Nueva Inglaterra (actuales Estados Unidos), concentrándose en un marco cultural e histórico muy específico de la brujería, construido a través de la lente del cristianismo blanco, anglosajón y masculino. En este contexto, estas historias se alinean con la idea de la bruja demoníaca, una figura construida por tratados académicos y eclesiásticos de la época moderna, retratada como un ser maligno que repudia y antagoniza la fe cristiana en busca de objetivos nefastos como la vida eterna, la juventud y el poder. En este sentido, es imposible no cuestionar las producciones situadas fuera de este eje geográfico. ¿Ofrecen algo diferente en sus representaciones? ¿Estamos encontrando más mujeres en roles de dirección y personajes que van más allá del arquetipo de la mujer malvada? ¿Cómo incorporan estas películas la historia y la cultura de sus países en sus narrativas?


Al investigar la figura de la bruja en el cine latinoamericano, caribeño e ibérico, nos encontramos con una situación interesante. Si bien existen varias producciones centradas en el tema, casi todas están dirigidas por hombres, en consonancia con la tradición de representar a las brujas, personajes femeninos, desde una perspectiva esencialmente masculina. Sin embargo, esto no disminuye en absoluto el mérito ni la calidad de estas producciones. En México, por ejemplo, encontramos clásicos como El espejo de la bruja (1960) de Chano Urueta, Tía Alejandra (1979) de Arturo Ripstein e incluso Veneno para hadas (1986) de Carlos Enrique Taboada. En Panamá, Diablo Rojo (2019), la primera película de terror del país, narra una historia de venganza y brujería basada en la leyenda de La Tulevieja, criatura típica del folclore costarricense y panameño.


Mientras tanto, en el cine español encontramos títulos como Las brujas de Zugarramurdi (2013), una película de Álex de la Iglesia que mezcla terror y comedia en una trama sobre un grupo de ladrones que se esconden en un pueblo aislado, sin saber que el lugar está habitado por brujas. Por otro lado, la más reciente Silenciadas (2020), una coproducción entre España, Argentina y Francia dirigida por Pablo Agüero, utiliza el drama para contar la historia de un grupo de mujeres del País Vasco que en 1609 son arrestadas y acusadas de brujería debido a rumores de actividad nocturna en el bosque. Finalmente, el cine brasileño presenta *A Praga* (La peste) , una película dirigida por José Mojica Marins en 1980. Aunque se realizó en la década de 1980, *A Praga* permaneció inconclusa durante años hasta que fue recuperada, restaurada y completada por Eugenio Puppo en 2007, estrenándose su versión definitiva en 2021. En la película, la última obra inédita de Mojica, seguimos a Juvenal y Marina, una joven pareja que, durante un viaje por el campo, termina irritando a una extraña mujer, quien se revela como una bruja malvada y vengativa.


A partir de este breve análisis de la figura de la bruja en los medios audiovisuales latinoamericanos, caribeños e ibéricos, se observa cómo estas producciones combinan brujería con chamanismo, posesión, leyendas locales y folclore, distanciándose en cierta medida de la visión europea de las brujas y basando sus representaciones en sistemas de creencias y prácticas sobrenaturales más amplios propios de sus culturas y sociedades. A pesar de ello, resulta innegable que estas mismas películas se inscriben en la tradición de la maldad femenina, construyendo brujas malévolas y antagónicas responsables de la destrucción, el caos y el sufrimiento. Aún más revelador es el hecho de que los cineastas masculinos sigan dominando este tipo de producción, influyendo en la imaginación cinematográfica en torno a la figura de la bruja en Latinoamérica y la Península Ibérica. Entre los numerosos títulos producidos sobre este tema a lo largo de las décadas, sorprende la escasez de películas dirigidas y concebidas por mujeres, y aún menos que resignifican la brujería como una experiencia femenina de subjetividad, liberación e incluso subversión.


Sin embargo, durante este mismo proceso de inventario, se descubrió una producción frecuentemente omitida en los textos sobre cine latinoamericano, pero que destaca por haber sido dirigida, coescrita y protagonizada por Isela Vega, una influyente actriz mexicana. Si bien reinterpreta el concepto de brujería de una manera única y audaz, Las Amantes del Señor de La Noche , estrenada en 1983, permanece, en cierto modo, relegada al olvido, siendo raramente citada en investigaciones y artículos sobre medios audiovisuales mexicanos. Por lo tanto, el objetivo de este artículo no es solo analizar la representación de la brujería en la película de Vega, sino también resaltar su originalidad y subversión, enfatizando su importancia y conexión con un contexto histórico específico.


Las Amantes del Señor de La Noche : la brujería como agencia femenina


Aunque Las Amantes del Señor de La Noche es una de las películas pioneras sobre el tema, es importante destacar que fue precedida por otra producción, el cortometraje La Brujita , dirigido en 1965 por Cecilia Bartolomé. Filmado en blanco y negro, el corto narra la historia de una joven aislada y descontenta con la dinámica familiar, que recurre a la brujería para rebelarse contra las circunstancias de la vida. Casi veinte años después, Isela Vega retomó el tema de la brujería en los medios audiovisuales mexicanos con un proyecto bastante audaz para su época.


Nacida en 1939 en Hermosillo, México, cuando dirigió Las Amantes del Señor de La Noche, Vega ya era una actriz famosa en el país, consolidando su carrera en la década de 1960 en diversas películas de acción. Si bien su papel más famoso fue el de Elita en la película Tráeme la cabeza de Alfredo García (1974). Bajo la dirección de Sam Peckinpah, durante su carrera actuó en más de 130 producciones y nunca dejó de trabajar hasta su fallecimiento en 2021. Considerada un símbolo sexual en México, Vega fue también la primera mujer latina en aparecer en la revista Playboy .


A principios de la década de 1980, comenzó a trabajar en la que sería su primera y única película como directora: Las Amantes del Señor de La Noche . Vega, quien ya había trabajado en producciones de terror como La Cámara del Terror (1968) y Pacto Diabólico (1969), junto a figuras reconocidas como Boris Karloff y John Carradine, unió fuerzas con el experimentado guionista Hugo Argüelles para escribir una historia única que combina brujería, melodrama y terror folclórico. Protagonizada por la propia directora, la película sigue a Amparo, una institutriz interesada en amuletos y hechizos que cuida a la joven Venus (Elena de Haro) y a su padre, Don Venustiano (Emilio Fernández Romo), en un pequeño pueblo del México rural. Además de la terrible reputación de Don Venustiano —acusado de asesinar a su esposa y a su amante años atrás—, el trío enfrenta otro problema cuando Venus se enamora de Pedro (Arturo Vázquez), un joven de una familia adinerada que desaprueba el romance entre ambos. Con la intención de separar a la pareja, la madre de Pedro envía a su hijo a vivir a Estados Unidos, mientras que Don Venustiano planea casar a Venus con un primo lejano. Desesperada, la joven pide ayuda a Amparo, quien la lleva a casa de Saurina (Irma Serrano), una bruja satánica que le proporciona un hechizo para que Pedro regrese al país, con consecuencias fatales para todos los que se oponen a la relación entre ambos. Sin embargo, todo se complica cuando Venus no sigue las instrucciones de Saurina al pie de la letra y debe pagar las consecuencias de sus actos.


Entre supersticiones, asesinatos, resentimientos, satanismo y erotismo, Las Amantes del Señor de La Noche sigue siendo una de las pocas películas mexicanas que aborda la brujería latinoamericana desde la perspectiva de una cineasta. Isela Vega demuestra un talento sorprendente al crear una historia donde la brujería no solo es una práctica femenina, sino también una forma de expresión y una vía de escape para deseos reprimidos. En este sentido, Las Amantes del Señor de La Noche emerge como una película audaz y atrevida que no teme perturbar a un sector de la sociedad al abordar temas como el poder patriarcal, la desigualdad de clases, la violencia y la sexualidad femenina a través de una narrativa de satanismo y brujería.


Aún más sorprendente es el contexto de la producción de la película, especialmente si recordamos la historia de México como un país profundamente religioso y católico. Vale la pena recordar algunos cambios que se produjeron en el cine mexicano en ese momento, muchos de los cuales resuenan en * Las Amantes del Señor de La Noche *. Entre las décadas de 1960 y 1980, el ocultismo se convirtió en un elemento central del panorama audiovisual del país, marcado por producciones que hacían referencia directa al satanismo y otras fuerzas sobrenaturales dentro de una sociedad predominantemente católica. Sin embargo, lejos de presentar el cristianismo y el catolicismo como un instrumento de salvación que derrota a las fuerzas del mal, como es común en películas de Hollywood como la franquicia *El Conjuro* , estas películas utilizaron el satanismo como una respuesta al autoritarismo que se vivía en el país y a la opresión de la libertad de expresión, los derechos de las mujeres y el pensamiento disidente.


Así, Las Amantes del Señor de La Noche se inscribe en un momento bastante peculiar del contexto histórico mexicano. Apenas unos años antes, en 1968, el país había vivido el apogeo del autoritarismo, marcado por la Masacre de Tlatelolco el 2 de octubre, cuando las fuerzas armadas abrieron fuego contra civiles desarmados que realizaban una manifestación pacífica en la Plaza de las Tres Culturas. Sin embargo, al mismo tiempo, 1968 también se consideró un momento decisivo para la revuelta y la rebelión social, que fructificó en los años siguientes. A partir de la década de 1970, el país no solo experimentó cambios políticos y culturales, sino que el movimiento feminista también vio sus primeros frutos. Uno de ellos fue la eliminación de las barreras de la censura, que abrió las puertas a un cine experimental poblado por películas dirigidas y protagonizadas por mujeres que exploraban su libertad sexual a través de la pantalla. Así, algunos años después, la película de Isela Vega utiliza el satanismo como una forma de subversión social y cultural, al tiempo que representa la brujería como una manera de explorar el erotismo y la libertad sexual de sus personajes. En Las Amantes del Señor de La Noche , la brujería es un lenguaje de protesta y libertad, aunque envuelto en tragedias y complejas cuestiones morales.


Este es posiblemente el punto culminante de la película, que, a través de Venus, Amparo y Saurina, explora la brujería como instrumento de resistencia y transgresión, situando a sus personajes fuera de la sumisión esperada de ellos. Como catalizadora de fuerzas oscuras, Saurina es quien más se asemeja al arquetipo de la mujer malvada, encarnando a un ser femenino que domina el conocimiento prohibido y desafía la moral patriarcal y religiosa. Sin embargo, en ningún momento se la construye como una villana en el sentido clásico. Es simplemente una superviviente, que navega entre la resistencia y la maldición. Esto también sucede con Venus y Amparo, quienes recurren al uso de la magia negra no porque sean malvadas, diabólicas o tengan algún plan megalómano, sino más bien porque son figuras marginadas que buscan poder en un mundo dominado por hombres. A través de estas tres figuras femeninas, que en diferentes momentos encarnan la imagen de la bruja, Isela Vega ofrece una visión única en la que este ser mítico no es únicamente un monstruo o un antagonista, sino una mujer real, herida y perdida, que recurre a lo oculto en busca de autonomía y para luchar contra la opresión asfixiante que impregna su existencia.


Otro tema recurrente en Las Amantes del Señor de La Noche es el choque entre el deseo juvenil y el conservadurismo social, que representa un conflicto generacional. Uno de los ejes centrales de la narrativa, el amor prohibido entre Venus y Pedro, no solo confiere a la película su tono melodramático, sino que también permite construir una sutil crítica a las estructuras patriarcales y los prejuicios de clase existentes en la sociedad mexicana de la época. Si bien la historia de amor imposible se transforma rápidamente en una violenta tragedia sobrenatural, plantea cuestiones como las diferencias de estatus, el control social y patriarcal (ejemplificado en el matrimonio concertado que Don Venustiano desea para su hija y el hecho de que años antes asesinara a su esposa por supuesta adulterio), y el choque entre el deseo individual y las normas y expectativas sociales más amplias. En este sentido, Vega utiliza el erotismo y el deseo femenino —ilustrados a través de la sexualidad latente, explosiva y juvenil de Venus— como una forma de romper e incluso desafiar el moralismo y el conservadurismo que suelen prevalecer en las historias de brujas.


Partiendo de esta premisa, Las Amantes del Señor de La Noche gira en torno a la culpa y el deseo reprimido en un mundo donde el poder social, sexual y espiritual se entrelazan. A través de una atmósfera siniestra marcada por la sangre, rituales profanos e incluso sacrificios animales, la película representa lo sobrenatural y lo oculto como manifestaciones de los impulsos y deseos de los personajes, de modo que la magia blasfema emerge como un espejo de los pecados humanos y el amor como una fuerza destructiva. Evitando la dicotomía maniquea del bien contra el mal, Vega construye una historia en la que nadie es completamente culpable ni inocente. El poder, la culpa y el deseo están presentes en todas partes.


La cineasta teje una fábula sobre mujeres que desafían su destino e intentan tomar las riendas de sus vidas, pero que pagan un alto precio por su transgresión. Si bien la brujería y el satanismo se presentan como formas alternativas de poder y deseo, situadas al margen de las estructuras patriarcales y cristianas, conllevan consecuencias oscuras, como peligro, castigo, ostracismo e incluso la muerte. Cuando Venus desobedece las órdenes de Saurina, comienzan a desarrollarse tragedias, y la violencia se intensifica gradualmente hasta la impactante decapitación de Amaro al final de la película, quien se sacrifica y asume la responsabilidad para salvar a Venus. Castigada por su audacia y autonomía, no es casualidad que el personaje sea asesinado violentamente por una turba de lugareños, representantes de un conservadurismo intolerante que castiga a cualquier mujer que se atreva a pensar o actuar de manera diferente. Sin embargo, por violento y trágico que sea este final, Vega también nos ofrece una especie de liberación simbólica, en la que los personajes finalmente rompen con el ciclo de violencia y sumisión al que estaban constantemente sometidos.


Al explorar el poder, la represión y el deseo femenino en un contexto rural, supersticioso y patriarcal, Las Amantes del Señor de La Noche ofrece una reflexión amarga pero precisa sobre la opresión sexual y religiosa, mostrando drásticamente cómo el placer femenino solo puede existir en las "sombras", fuera de la moral católica y siempre sujeto a castigo. Con un final ambiguo, en el que no sabemos si es Pedro quien vino a buscar a Venus (una pregunta reforzada por una escena anterior donde los jóvenes tienen un encuentro sexual y el chico parece ser el mismísimo Diablo), la película concluye con una pregunta: ¿ es el Señor de la Noche literalmente el Diablo o simplemente una alegoría del poder patriarcal que intenta dominar la vida y la existencia de las mujeres ?


Consideraciones finales


Las Amantes del Señor de La Noche , una película cautivadora y desafiante, tuvo una producción modesta y limitaciones técnicas que impidieron su amplia distribución en el momento de su estreno. Si bien es una de las pocas producciones latinoamericanas dirigidas por mujeres que aborda el tema de la brujería, incluso hoy en día la película de Isela Vega no recibe la misma atención que las obras de sus compatriotas más famosos, como Chano Urueta y Carlos Enrique Taboada, y resulta difícil encontrarla para verla.


Más revelador aún es el hecho de que, a pesar de demostrar talento como directora, la cineasta nunca volvió a dirigir un largometraje. A pesar del presupuesto reducido y de todos los contratiempos, resulta significativo, por ejemplo, cómo Vega emplea imágenes impactantes para representar las visiones de Venus y los malos presagios que aparecen a lo largo de la historia, personificados estos últimos por un caballo negro salvaje que aparece tanto en la primera visita a la casa de Saurina como poco antes de la impactante ejecución de Amaro.


Más allá de eso, uno de los grandes méritos de la película es precisamente su mezcla de terror, brujería, erotismo, crítica social y melodrama. Si bien no presenta muchas escenas terroríficas o sangrientas, Las Amantes del Señor de La Noche destaca por la manera sumamente valiente e incluso audaz en que aborda temas como la dominación patriarcal, la autonomía femenina y la sexualidad. Marcada por una atmósfera oscura y escenas macabras, como el momento en que dos mujeres se bañan en la sangre de un pollo recién decapitado, la película revela su audacia al usar la brujería como metáfora de la autonomía femenina y la transgresión frente a las normas sociales y religiosas. En este sentido, Vega no solo perturba la sociedad mexicana tradicional, arraigada en valores conservadores y cristianos, sino que también subvierte la imagen clásica de la bruja como una mujer malvada que solo busca la destrucción y el caos, demostrando que existen maneras de reinterpretar esta figura para que represente las subjetividades, ansiedades y deseos de las mujeres como sujetos complejos, históricos y plurales.


Explorando los límites entre el deseo, el poder y la moralidad, Las Amantes del Señor de La Noche es una obra singular dentro del cine latinoamericano, en la que lo oculto emerge como una vía para que las mujeres afirmen su autonomía, y el erotismo deja de ser un instrumento de dominación para convertirse en una forma de expresión de identidad, poder y libertad. En una interacción constante entre placer y opresión, la película de Isela Vega se erige simultáneamente como una crítica a las estructuras de poder y como un relato de resistencia en medio de la violencia de género constante. Provocadora y compleja, Las Amantes del Señor de La Noche demuestra el potencial de la bruja como personaje cinematográfico creado desde una perspectiva feminista y latinoamericana que toma en cuenta cuestiones sociales, de género, sexualidad y generacionales. Sin temor a transitar entre lo sagrado y lo profano, Las Amantes del Señor de La Noche triunfa precisamente al representar a mujeres/brujas que no son ni santas ni malvadas, y mucho menos arquetipos vinculados a tradiciones ancestrales. Son simplemente seres humanos que desafían sus condiciones y limitaciones utilizando su propia oscuridad como arma.


Referencias

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