Héroes disidentes: desarmar el castigo queer en colectivo
- 10 mar
- 5 Min. de lectura

Por Maria José Merino | Ensayos
¿Y si dejáramos de escribir personajes queer como si el dolor fuera su única herencia? ¿Si, por un momento, suspendiéramos el castigo como destino narrativo y nos permitiéramos imaginar otras derivas posibles?
La idea de abrir un espacio de creación alrededor de las interrogantes que surgen de la posible “mirada queer” en el cine, nace de esa urgencia: la de abrir un espacio donde los personajes queer puedan respirar, jugar, equivocarse y desear. Un espacio donde su humanidad no esté definida por la suma de obstáculos, sino por lo imprescindible de su deseo. Por eso decidimos comenzar, en una noche de lluvia de ideas, por el juego. Lo lúdico como ese impulso primigenio de libertad.
La creación de un taller de escritura de personajes queer comenzó alrededor de una mesa redonda. Una buena pasta, varias copas de vino. Gael, Leda, Christian y yo nos sentamos a recordar películas cuyos personajes protagonistas se identificaban como queer. Los nombres empezaron a aparecer como quien convoca fantasmas queridos: escenas, miradas, finales que creíamos conocer de memoria.
Hubo tres leches de postre, y para entonces ya teníamos el corazón lleno de imágenes y los ojos aguados. Reconocimos, con una mezcla de amor y tristeza, que incluso en muchas de nuestras películas favoritas, el protagonista queer fracasa en el amor, vencido por el pacto hetero-cis. Y eso cuando “le va bien”: cuando no, termina enfermo, mutilado, castigado, muerto.
Cuando una historia está “bien escrita” según los cánones tradicionales, la tragedia parece justificarse. Escribimos desde lo que conocemos, desde lo que se nos ha enseñado como verosímil. ¿Y qué se supone que atraviesan lxs sujetxs queer, sino exclusión, miedo, fatalidad, en un sistema donde la hegemonía es cis, hetero y patriarcal?
De esa pregunta tan incómoda como escalofriante, nace Héroes Disidentes, un taller impartido esta vez por Gael Bonilla, psicoanalista y pedagogo, y por Leda Artavia, productora, directora e investigadora cinematográfica. El título es, en sí mismo, una contradicción fértil entre márgenes y sistema: ¿cómo pensar el protagonismo diversificando la versión del viaje del héroe? ¿Cómo imaginar una epopeya queer sin convertirnos ni en héroes idealizados ni en villanes trágicos?
La inspiración surge, tal vez, de la propia experiencia diversa: una experiencia que huye del binarismo impuesto, del determinismo, del fundamentalismo. Alrededor de esa mesa de amigues, nos reflejamos en los ojos de lxs otrxs y reconocimos nuestras complejidades. Sí, hay sufrimiento. Pero no necesariamente absoluto, ni paralizante, ni definitivo. En nuestros rostros apareció primero el gozo de estar ahí reunidos, y luego algo más profundo: el reconocimiento de que en nuestros cuerpos queer habita también la capacidad de ser libres, de decidir y sobre todo, de desear.
Héroes Disidentes es también un juego de cartas, creado para usarse como herramienta en una mesa participativa de guionistas y mentes creativas. Gael nos comenta sobre esta decisión:
“Los juegos hacen que uno vuelva mucho a la infancia y en la infancia tal vez no éramos tan racionales. Tal vez éramos más emocionales. Incluso ni siquiera podíamos determinar qué era lo que sentíamos porque solamente se sentía. Cuando jugamos volvemos a ese estado afectivo. Y uno se enoja con el juego, y pone atención a lo que hacen los demás, no por algo teórico sino para ver cuál va a ser mi movimiento. Entonces también se pone el cuerpo en juego. Ponemos en el juego el cuerpo y los afectos. Y eso posibilita que con lo lúdico, desde la pedagogía, pensemos desde otro lugar que no sea solo el racional. Así el aprendizaje quizás queda instaurado en nosotros. No es un aprendizaje que solo se pueda repetir desde un lugar de texto.”
El día del primer taller, las personas asistentes iniciaron por ahí, por ese primer acercamiento emocional. Se les repartió una ficha en la que tenían que responder preguntas sobre sus personajes antes de iniciar el juego.
Una de las participantes pregunta:
“¿Tiene que ser humano?”
A lo que Leda responde:
“Muchas veces nos representan como híbridos, como bichos, como monstruos. A partir de ahora se trata de crear lo que mejor nos permita expresarnos”.
Otro participante menciona:
“Leí todas las características y no pude pensar en cosas buenas. Y eso que quiero que el personaje cuente mi propia historia: la vivencia trans. Sentirme representado.”
De esa limitación podemos empezar a tirar del hilo de las ventajas de trabajar en un taller de escritura colectiva. Y es que a través de un intercambio de cartas con propuestas, robos e imposiciones en apariencia recreativos, empezamos a re-pensar a nuestro personaje inicial. Nos quedamos con características, con estereotipos, con rasgos que construimos con lo que nos es cercano, pero también escuchamos las historias de los otros, tomamos prestados rasgos escritos por elles que nos permiten imaginar más allá de lo que ya conocemos.
Aquel personaje que inició sin ninguna característica positiva, porque la experiencia trans le ha sido castigada, termina robando una carta que le permite enamorarse, cambiando una carta de frustración por otra de deseo e incluso aceptando una carta con un trabajo como maestro que siempre quiso y pensó que nunca lograría. Todas propuestas que escribieron las demás personas sentadas alrededor de la misma mesa de escritura.
Otro personaje asexual masajista termina robando una carta en la que prefiere ser peluquero, pues no deja de ser un trabajo con proximidad e intimidad, sin afectar de raíz sus límites personales. Otra personaje, mujer de mediana edad y sexualidad indefinida, rechaza constantemente propuestas de cartas que la invitan a tener una pareja o a casarse, reafirmando así la libertad que necesita fuera del amor romántico.
Hay algo en la creación colectiva: si nos lo tomamos en serio asumimos la generosidad del contraste y la inmensa gratitud del apoyo.
A veces, al escribir, olvidamos la magia que se enciende en nuestras manos cuando sostenemos un lápiz. En ese gesto, simple en apariencia, somos capaces de desplegar sobre la página territorios infinitos, geografías que desbordan las fronteras que la realidad nos impone. No es lo mismo escribir para representar que escribir para crear.
Quien escribe desde una experiencia queer, y las criaturas que nacen de esa tinta, no deberían estar condenadas a la escasez de horizontes. Merecen habitar un campo fértil de posibilidades, de libertades, de deseos indisciplinados. También merecen, si así lo eligen, la voluntad del riesgo, del viaje, de la aventura.
Sin embargo, al observar los paisajes sociopolíticos que nos rodean, es fácil caer en la trampa de reproducir el cerco, el castigo y el destino estrecho. Escribir puede volverse entonces una repetición del encierro.
Pero cuando nos sentamos alrededor de una mesa tres, cuatro, cinco, veinte cuerpos pensando juntos, la perspectiva se transforma. Ya no miramos únicamente los muros; empezamos a prestarnos otras miradas, a entrelazar imaginaciones, a ensayar colectivamente mundos posibles que antes parecían inalcanzables.
Escribir es un ejercicio solitario. Pero estoy convencida de que una película empieza verdaderamente a existir cuando la contamos en voz alta y alguien más es capaz de verla con nosotres, de imaginarla, de completarla. Es en ese tránsito de una imaginación a otra donde la historia adquiere cuerpo.
La comunidad queer sabe bien algo que el cine a veces olvida: la familia no siempre es un dato biológico, sino una elección afectiva. La familia escogida es red, sostén, refugio. Ese tejido colectivo tiene mucho que enseñarnos a quienes escribimos guiones. Nos recuerda que las historias también pueden ser una forma de parentesco escogido, una manera de acompañarnos mientras inventamos futuros.
Por eso, quienes sientan el deseo de trabajar desde ahí, desde la libertad, el juego, la complicidad: búsquennos. Apúntense a talleres de escritura queer. Escríbannos a nosotras, escriban a sus amigues, convoquen mesas de colegas, cocinen algo rico, abran el vino, saquen las cartas. Juntemos nuestras preguntas y nuestras intuiciones.
Porque es en comunidad donde la imaginación se expande. Y es en comunidad donde, quizás, podamos empezar a crear mundos más habitables.






















































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